Es un nuevo día para el espejo de Pamela. El reloj despertador lo echa
todo a perder nuevamente cuando las cosas estaban resultando más fáciles para
los agotados ojos de la muchacha que hace un mes había perdido una mitad de su
cuerpo, lo que era su impulso para vivir. Los ojos enrojecidos a las cinco de
la mañana producto del insomnio no era más que la realidad más cruel y nefasta
que una mujer con seis meses de feliz matrimonio le pudiera ocurrir. Su esposo
había muerto trágicamente. Aún tiemblan sus manos y se retuerce entre las
sabanas esperando que un rayo le atraviese el corazón y le queme las arterias, así
dejaría de vivir lo que ya no llama vida. El reloj pareciera estar dotado de
una extraña forma de sarcasmo impulsado por malignos mecanismos que hacen
derramar otra lágrima más de los perdidos ojos de Pamela. Aún así con sus manos
apretando esa almohada que un día albergó los suaves cabellos de su único amado
se levanta hasta ponerse completamente de pie. Camina hasta la ventana y el
amanecer gris de las nubes es el techo
de una lluvia que cae sobre la ciudad. La mira con un semblante decepcionada
del tiempo mientras abre poco a poco las ventanas de su apartamento ubicado en
el quinto piso de un edificio.
Como si desayunara una carga de
emotivos recuerdos sus lágrimas caen por sus mejillas hasta romper en el fondo
de la taza de café que se sirvió hace tres minutos. Un acompañamiento perfecto
sería una de esas pastillas que guarda dentro del botiquín, lo aliviarían todo,
tal como mencionó el psiquiatra. Calmar la ansiedad. Ha notado los efectos
desde que las toma y sabe la cantidad que debe tomarse al día. No es ningún
juego que tome una adicional, desconoce lo que le provocaría, pero a esas
alturas de las circunstancias qué más da.
Sus pasos arrastrados y su mirada
perdida se detienen frente al espejo del baño y frente a la etiqueta del
frasco. La lluvia cae con más intensidad que hace media hora atrás y es lo
único que le es limpio escuchar si proviene de la naturaleza, todo lo demás le
parece hastío. Hasta su respiración que tantas veces se confundió en el pecho
de Aníbal le parece un cruel recuerdo. La mano izquierda con rigidez se apoya
en el lavamanos y la etiqueta del frasco la ha repasado más de quince veces.
“Aún no, para cuando no me queden más fuerzas” musitó. Se tomó la
correspondiente y guardó el fármaco en el lugar de siempre. Era un prozac
fenomenal, en tan sólo un par de minutos la visión del día comenzó a mezclarse
con los colores de la televisión encendida. El día comenzó una vez más....
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